Ir al psicólogo: cuando hablar ya no es suficiente y hay que aprender a escuchar(se)
Siempre he pensado que ir al psicólogo era como quedar con un amigo a tomar café…
pero pagando entre 40 y 60 euros la hora.
El café es más barato. Aunque no me gusta. Prefiero el colacao. Aunque tomar café suena más ‘cool’ y parece de mayores ‘como dirían los pekes’
El amigo, si lo aburres, aguanta más.
Y ninguno te mira el reloj con dignidad clínica.
Esa era mi teoría. Hasta que la vida empezó a acumular facturas emocionales que no se pagaban con ironía.
Primer intento: el zen de 25 euros
Hace cuatro años probé con un psicólogo que se definía como gestalt.
Hablábamos muy lento. Muy pausado.
Tan pausado que a veces pensaba que aquello era más un ejercicio de respiración que una terapia.
Eso sí, la primera sesión fue gratuita.
El resto, 25 euros.
No le encontraba jugo. Sentía que no avanzaba. Igual era pronto, igual no supe sostener el proceso, igual simplemente no conecté.
Lo dejé.
Segundo intento: kilómetros y monólogos
Después probé en el Aljarafe sevillano.
Sumando gasolina y tiempo desde la capital.
Fui porque una amiga —que se duerme encima de un alfiler— me lo recomendó.
Tres sesiones.
Yo hablaba.
El terapeuta escuchaba.
Supongo que el proceso requiere tiempo. Que necesitan conocerte. Que la profundidad no llega en la tercera cita.
Pero entre la distancia y mi impaciencia, lo abandoné otra vez.
Tercer intento: el centro de salud y la descarga emocional
Mi doctora de atención primaria me derivó a un servicio de psicoterapia relativamente nuevo en mi centro de salud.
La conclusión fue clara y bastante repetida en mi vida:
Necesitas descargarte emocionalmente y construir respuestas firmes para que no se dañe tu persona… ni tu sueño.
No había depresión.
Algo de ansiedad, probablemente.
Pero nada clínicamente alarmante.
Al menos no me costó dinero.
Algo es algo.
Cuarto intento: cuando la clínica está debajo de casa
Después de la última crisis de ansiedad —la tormenta perfecta entre madre, hermana y caos colateral— y tras la insistencia de compañeros, bajé literalmente a la clínica que habían abierto debajo de casa.
Neurología.
Fisioterapia.
Psicología.
Un combo interesante cuando tu cuerpo y tu mente parecen estar negociando un divorcio.
La primera vez lo dejé en la quinta sesión por motivos económicos.
La segunda vez volví.
Primero me atendió un psicólogo.
Luego la titular del centro, tras su baja por maternidad.
Y aquí sí noté algo diferente. Más precisión. Más estructura. Más profundidad.
Quizá porque yo también estaba más dispuesto.
Quizá porque ella supo ajustar mejor el foco.
Dos profesionales que deberían estar en la agenda vital
Hay dos figuras que, además de la medicina “clásica”, deberían tener presencia recurrente en nuestra vida:
🧠 El psicoterapeuta
No es un amigo caro.
Es alguien entrenado para detectar patrones que tú normalizas.
Te ayuda a:
Identificar cargas que asumes como propias y no lo son.
Poner límites sin convertirte en villano.
Diferenciar responsabilidad de sacrificio crónico.
En mi caso, el sueño no es solo fisiología.
Es hipervigilancia, sobrecarga, exceso de control.
Y eso no lo arregla una pastilla ni una CPAP.
💪 El fisioterapeuta
El cuerpo guarda facturas que la mente intenta ignorar.
Tensiones cervicales.
Mandíbula rígida.
Espalda que cruje como una bolsa de patatas.
El fisioterapeuta no habla tanto, pero traduce el lenguaje corporal del estrés.
Donde el psicólogo trabaja el conflicto interno, el fisio libera el peaje físico.
Cuerpo y mente.
Si uno cae, el otro compensa… hasta que ya no puede más.
Sí, a veces hay que pagarlo.
Sí, la sanidad pública no siempre facilita el acceso.
Pero si invertimos en móviles nuevos cada dos años, quizá también deberíamos invertir en no rompernos por dentro.
Espaciar, delegar y no salvar el mundo
En la última sesión con mi psicóloga actual decidimos espaciar a dos semanas.
Hablamos de mi línea de vida.
De los momentos que me han moldeado.
Y de algo esencial:
No todo depende de ti.
Me recomendó hablar con personas importantes de mi entorno y redistribuir responsabilidades.
Y ocurrió algo que hace años habría sido ciencia ficción:
mi mujer gestionó sola una cita importante para sus oposiciones y fue ella misma a recoger la documentación.
Incluso se dio la enhorabuena.
En otro momento de mi vida, probablemente yo habría pedido la cita, revisado el horario, confirmado la dirección y recogido los papeles.
No por obligación.
Por inercia.
Conclusión (filosófica, pero sin túnica blanca)
Delegar no es desentenderse.
Es permitir que otros crezcan y que tú no colapses.
Quizá mi insomnio no solo tiene que ver con respiración, horarios o presión de sueño.
Quizá también tiene que ver con esa tendencia mía a convertirme en departamento de logística emocional de todo el mundo.
Dormir mejor, a veces, empieza cuando entiendes que no tienes que sostener el techo tú solo.
Y que pagar 50 euros por hora no es por el café.
Es por aprender a soltar la bandeja.