Esta es mi historia…
Todo empezó una mañana cualquiera: ¡Enhorabuena! te ha tocado el premio gordo por ser el trabajador del mes. Vas a hacer lo mismo que antes pero en una oficina donde el teléfono ha decidido sonar solo cuando tú no estés. Fue mi iniciación en el arte de no dormir, cortesía del estrés y la cafeína emocional.
A partir de aquí, la vida decidió ponerse creativa: acababa de nacer mi hijo. Seis días en el hospital, noches en vela y una preocupación constante por ese tono amarillito que no venía en ningún manual de paternidad. Aprendí que el amor también puede tener ojeras (metafóricas, claro) y que dormir se convierte en un lujo de otra dimensión.
Mientras tanto, mi madre lidiaba con sus propias batallas: un cuerpo cansado de luchar, unas varices en el hígado que exigían atención y un ánimo que, pese a todo, se mantenía en pie. Ella, que siempre me enseñó a no rendirme, me dio otra lección sin proponérselo: hay cansancios que no se curan con dormir.
Además, la casa que compramos venía con sorpresa: un catálogo completo de “vicios ocultos”. Cristales, muros con personalidad propia y facturas que parecían reproducirse por esporas. Mientras otros soñaban con casas ideales, nosotros vivíamos un episodio de bricolaje emocional.
Por si faltaba emoción, Hacienda decidió que debíamos casi 10.000 euros. Luchamos, nos revolvimos y —milagro— ganamos. No pagamos ni un duro. Aprendí que la justicia a veces llega, aunque tarde y con pinta de pesadilla fiscal.
Luego vinieron los “inkio-cupas” del piso de mi madre, una telenovela judicial que duró casi un año. Cuando por fin los echamos, nos dejaron de regalo miles de euros en daños y una paciencia de acero inoxidable.
El vecindario tampoco decepcionó: un vecino que se creía director de urbanismo personal y denunciaba si el viento soplaba distinto. Ya no está, pero su legado sigue flotando en el aire, como un mal wifi. Y por si la trama necesitara más giros, ahora toca vender la casa de mi madre porque las cuentas no cuadran y la vida, otra vez, nos enseña aritmética emocional a la fuerza.
A día de hoy vivo con migrañas marchosas, que me recuerdan las distintas partes de mi cabeza y algunas de mi rostro; el ánimo fluctúa como una montaña rusa de un parque de atracciones y los días que consigo adentrarme en la frontera de las 7 horas, los disfruto como un niño pequeño con un sandwich de nocilla. No se si son todos estos acontecimientos, es la apnea moderada que me asigna el neurólogo tras tres polisomnografías, es el déficit DAO (intolerancia a la histamina) o la tiroides mandándome pildorazos hormonales a mi sistema nervioso central y, nunca mejor dicho, simpático
Así que sí, mientras sigo averiguando si al final me convierto en un zombie o me abduce un extraterrestre, administro una granja mental a las tres de la madrugada. Entre recuerdos, papeleos y pensamientos con insomnio crónico, aprendí que reírse (aunque sea con ironía) es la forma más digna de sobrevivir al caos. Este blog no busca soluciones. Quiere contar mi experiencia para que muchas personas sepan que no están solas en esas horas donde el sueño se esconde, pero las historias sobran.
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